CARNAVAL CARIOCA: RESACA Y SINCERAMIENTO DEL CREDO PROGRESISTA

Carnaval carioca: resaca y sinceramiento del credo progresista.

Publicado originalmente en mayo de 2016 en http://estrellarojaweb.com.ar/index.php/rss/item/834-brasil-resaca-y-sinceramiento-del-credo-progresista

Por Facundo Svarog (Politólogo y colaboradora del CAEG)

“Todos los socialistas, al explicar el carácter de clase de la civilización burguesa, de la democracia burguesa, del parlamentarismo burgués, han expresado el pensamiento que con la máxima precisión científica formularon Marx y Engels al decir que la república burguesa, aun la más democrática, no es más que una máquina para la opresión de la clase obrera por la burguesía, de la masa de los trabajadores por un puñado de capitalistas.”[1]

Como en el picaresco acertijo que tiene como protagonista al perro y ciertas habilidades físicas, la respuesta sobre por qué lo más granado de la derecha brasileña se da la tarea de voltear el gobierno del PT es muy sencilla: “porque puede”. 

En este marco, dos campos de reflexión son una invitación a perder el tiempo: en principio, aquél que hace foco especialmente en el fenómeno de la corrupción y la descomposición ético-moral del sistema de partidos y sus conniventes empresariales. En segundo término, aquellas que se centran en la fealdad del monstruo fascistoide y corren presurosas a denunciar el golpe y abogar por la institucionalidad democrática que es, al fin y al cabo, la que otorga no sólo el instrumento mediante el cual el fenómeno tiene lugar sino, fundamentalmente, la que le otorga sentido y legitimidad. Nada se ha hecho por fuera de los canales institucionalmente previstos. Por lo tanto, no hay golpe de estado.

Sí un golpe político. Le coup de gráce a un proceso que no hacía más que trocarse en reaccionario y ajustador. Y si de reaccionarios y ajustadores se trata, la derecha tradicional siempre contó con los mejores intérpretes.

A su vez, como se vio en la puesta en escena que consagró el impeachment y a juzgar por los pergaminos que ostentan sus propulsores, la corrupción es un tema menor, un ariete y un argumento decorativo que el gobierno petista otorgó gratuitamente a la oposición por derecha.

Cierto es que estamos hablando de una derecha recalcitrante, profundamente elitista y racista, que jamás abandonó sus privilegios ni de clase ni de status y que explica, en última instancia, más de lo que parece sobre la estructura económica y de clase sobre la cual se desarrolla el capitalismo brasileño. La “renovación” de estilo, de marketing y de forma con la cual han sabido aggiornarse sus exponentes venezolanos y argentinos no parece haber llegado ni por asomo a la derecha tradicional brasileña, que votó el impeachment vociferando “contra el comunismo, contra la educación sexual, en nombre de Dios y la familia”. Al lado de esta escoria, Macri y sus CEOs filántropos parecen simpáticos demócratas a la suiza.[2]

Y sin embargo, el golpe se explica más por las contradicciones internas del bloque en el poder hoy en retirada que por las características aberrantes que exhiben sus verdugos políticos. Basta con consignar el tantas veces repetido mantra de que ha sido el PMBD, aliado del PT hasta antes de ayer, el gran facilitador del empujón final. La naturaleza del escorpión.

Este último elemento, en apariencia epifenoménico, abre sin embargo las puertas a una posible caracterización más general sobre el ocaso de los gobiernos “popular-progresistas” que hegemonizaron políticamente la región hasta hace muy poco tiempo. Esto es así porque desnuda su talón de Aquiles: la conciliación de clases y la construcción de alianzas de distintas fracciones de clase sobre pilares endebles. Convergencia circunstancial de intereses de acuerdo al lugar que ocupa una formación económico-social dependiente. Nada que no se haya visto antes. La tragedia de los populismos latinoamericanos “clásicos”, ahora en forma de farsa. [3]

Estafadores, estafados y negadores.

Más allá de las particularidades que exhiben sus intérpretes en cada caso, los denominadores comunes de las recientes experiencias “popular-progresistas” en América Latina han sido la mencionada convergencia circunstancial de distintos elementos plebeyos en general (trabajadores de la ciudad y el campo, organizados en movimientos sociales y/o sindicatos; provenientes de tradiciones de tenor reivindicativo-corporativista), sectores de la política tradicional y elementos de la intelligentsia progresista urbana.

A grandes rasgos, estos elementos se repiten en los casos argentino, venezolano y brasileño. Añádase a eso el disciplinamiento de los sectores más reaccionarios de las fuerzas represivas; ya no osan embarcarse en aventuras.[4]  La frutilla del postre es el santo de madera, la figura redentora que se hace esperar: la burguesía nacional

 

No queda más que señalar, por obvio que parezca para quien conozca la historia, que el fracaso era ineluctable. Y que cabe pensar si no anima, recurrentemente y casi como una obsesión, cierta superchería redentorista a quienes se obstinan en ponerle fichas a proyectos de esta índole “desde la izquierda” o “desde abajo”. Decimos esto por cuanto se considera un a priori que la intelligentsia progresista conoce, ha estudiado y balanceado la historia. Es indistinto cómo se quiera diagnosticar esta patología recurrente; de manera que queda esto supeditado al gusto del lector: idealismo, masoquismo… o cinismo liso y llano. Son los negadores.

En tanto y en cuanto la profecía del advenimiento de la burguesía nacional volvió a dejar a sus fieles nuevamente huérfanos, cierta animosidad pedagógica incita a recitar, por enésima vez, que el modelo mercado internista basado en las ventajas comparativas derivadas de la posición –objetiva- de exportador de commoditties (materias primas) con escaso valor agregado y algún que otro enclave industrial de envergadura –siempre ligado al comercio exterior- es, por definición, endeble y sumamente permeable a las oscilaciones de la dinámica capitalista global. [5]

Por más que se obstinen sus  propagandistas en invocar “neodesarrollismos” de toda laya, en endiosar al proteccionismo y pintar de rosa a Lord Keynes, el elemento dinámico, el factor subjetivo vuelve a faltar a la cita: el burgués nacional de ayer es el importador de hoy, conforme demanda el acomodamiento al ciclo económico. El subsidiado productor de artículos para el hogar va a la quiebra; se reinventa como importador o, en el mejor de los casos, reorienta su inversión en sentido especulativo. El resultado es el mismo: deja un tendal de trabajadores en la calle.

Hete aquí que estos trabajadores despedidos de hoy son los felices consumidores de ayer. Los estafados. Cunde el malestar. No hace falta urgar mucho para encontrar la piedra del escándalo, puesto que el “gobierno popular” y sus satélites empresariales suelen ser ricos en arribistas, desclasados de comité y alimañas similares que, por mor de los ciclos económicos internacionales –baja en el precio de las commodities- no completaron su metamorfosis: de ser los gusanos que siempre fueron no llegan a ser la mariposa burguesa nacional[6].

De manera que la estafa del progrepopulismo ofrece a las fuerzas tradicionales de derecha un plato imposible de despreciar: insuflar el descontento, destapar la olla de corrupción y suscitar el escándalo y el descrédito entre los estafados; vale decir, los trabajadores.

De ahí en adelante el descontento es acicateado: la inflación que se come los salarios convive con el latrocinio cotidiano del elenco político de turno y sus contratistas amigos; la escasez y el desabastecimiento de productos de primera necesidad desnudan que ninguna transformación radical de la estructura social se realiza chapaleando en petróleo; los derechos conquistados se evaporan ni bien el ciclo económico “se nos cae encima”.  Y es entonces que, al decir del “joven” Marx, “toda la vieja mierda vuelve a surgir”.

¡A comer…!

Los medios masivos de comunicación no son más que el utensilio de cocina con el cual la derecha tradicional se sirve el suculento plato que tanto estuvo esperando. Ya no lo arrebatan; lo van cocinando a fuego lento. Al festín lo llaman “sinceramiento”. Se sientan a la mesa los de siempre, con su mejor gala; también hay lugar para el advenedizo, el “nuevo rico” que pegó el salto en el momento indicado.

El estafado, a su vez, viene de protagonizar un rol doblemente subordinado. Por un lado, el proyecto hizo lo imposible por mantener a raya su capacidad de movilización, su inventiva y su participación en la orientación general del programa de gobierno. Su autonomía nunca estuvo sobre el tapete sino declamativamente y su rol en la alianza de clases gobernante fue de beneficiario pasivo y, muy ocasionalmente, de ariete para escaramuzas circunstanciales con algún sector de la burguesía. Lógicamente, esto se debe a debilidades propias que los sectores subalternos arrastran desde hace por lo menos cuatro décadas y que replica no sólo en el continente sino a nivel global.[8]

Lo cierto y lo novedoso en este caso es no sólo su apatía general, sino incluso el nivel de consenso pasivo que ha cosechado la retórica derechista entre los estafados. Una posible punta de lanza para indagar en este aspecto es el rol de consumidor al que se ha confinado durante el interregno progresista a estas capas de la población. La ecuación inclusión = acceso al consumo = derechos es más expresiva de las continuidades que de las rupturas que la experiencia progresista reviste con respecto al imaginario neoliberal. De allí que se trate de subjetividades volátiles que no hacen más que negar el mantra mecanicista que liga inexorablemente a los sectores populares con una preferencia ideológica determinada. [9]

En Argentina, los pobres votaron a Macri; en Brasil no hubiera sido posible tamaño zafarrancho de haber contado la CUT y el MST con el peso y arraigo que muchos proyectábamos que tenían; en Venezuela, los culebrones y conspiraciones más escabrosos que le atribuye el chavismo a la oposición derechista no alcanzan para cubrir el desabastecimiento, la inflación y el más absoluto desgobierno en que ha caído una economía completamente desquiciada, con un mercado negro que no para de crecer y el establecimiento de estados paralelos capitaneados por contrabandistas en las regiones campesinas fronterizas.

En los tres casos se observa, a grandes rasgos, una horadación del proyecto progrepopulista por su propia base: el consumidor que ya no puede consumir y el burgués adicto a la prebenda que, sin más por exprimir a un proyecto ya caduco, pega el salto y se vende a mejor postor.

Descorriendo el velo: en bolas y a los gritos.

El escenario descripto no permite, sin embargo, avizorar mayores potencialidades para construir una intervención autónoma y contundente de los sectores subalternos. Es digno de destacarse que a lo anterior se añaden algunos elementos propios que bien supo caracterizar Trotsky en su exilio mexicano con respecto a los populismos “clásicos”[10]: en primer término, una dirigencia sindical y sectorial completamente integrada al régimen; en segundo, la recurrente y endémica dispersión y falta de sentido histórico de los sectores referenciados en el clasismo.[11]

No hace falta más que una somera recorrida por los posicionamientos divergentes que las formaciones políticas clasistas argentinas (nucleadas en el FIT) han tomado con respecto al impeachment brasileño tanto como a los sucesivos tropezones del chavismo en Venezuela, y ni que hablar del post-kirchnerismo en Argentina.

No se pretende aquí echar en falta la unanimidad en la caracterización, ni sumarse al macartismo propio del progrepopulismo, ni tan siquiera deplorar la falta de unidad en la acción frente a la avanzada derechista. Simplemente se trata de formularnos la pregunta de por qué ni siquiera podemos consensuar mínimamente cuáles son los elementos determinantes que dan como resultado una determinada sucesión de fenómenos políticos que, en su desenvolvimiento, golpean necesariamente los desiguales niveles de acumulación política que nuestros destacamentos políticos pueden haber conquistado en la etapa precedente.

Como quien intenta explicarse la eclosión yugoslava, el observador externo queda atónito ante la constatación de que, a despecho de los parecidos de familia, todos hablamos idiomas diferentes. La torre de Babel.

De manera que nos encontramos con que –muy superficialmente abordado- un sector de la izquierda opone al “Fora Dilma!” un confuso y genérico “Fora todos!”, en tanto que su hermano de sangre opta por diluir la delimitación político-ideológica necesaria tras la mancomunada denuncia del golpe. Víctima de un romance de verano con la institucionalidad burguesa, defiende en Brasil la “democracia” como un valor en sí mismo, y se suma a “resistir con aguante” en el resquicio parlamentario que la institucionalidad le concede en el contexto argentino. El tercero en discordia, por su parte, se ahoga en el balbuceo a-histórico del Programa de Transición. Salva la ropa amparado en la expresión de deseos, la moral y las buenas costumbres.[12]

“Yo te avisé…” ¿Y?

Y sin embargo, ayer todos teníamos razón: aún con diferencias de matices coincidimos en señalar, a su debido momento, los límites estructurales y la inviabilidad de los procesos popular-progresistas hoy en decadencia. De nosotros depende si nos conformamos con eso o pretendemos dar sentido histórico a nuestra intervención política. Las limitaciones propias lo son en función de las fortalezas ajenas. Que no se malentienda: el enemigo también juega; lo sabemos de sobra y lo tenemos claro y presente.

El recambio de personal en el partido del orden se suscita con tal celeridad que la capacidad de reacción de los sectores subalternos se ve condicionada no sólo por la subordinación del pasado inmediato–como furgón de cola del tren progre-populista- si no fundamentalmente por la anemia ideológica que nos legara como saldo el anterior embate reaccionario. A su vez, la celeridad con la que desmontan el entramado institucional “de bienestar” improvisado por sus antecesores no hace más que verificar lo endeble y frágil de los cimientos del progre-populismo en retirada.

Ahora bien: el componente elitista de los personeros de la derecha tradicional, su odio de clase congénito y su torpeza para administrar el ajuste necesario para acompasar la forma política con las modificaciones en el patrón de acumulación de capital en la región preanuncian choques de envergadura y situaciones límite, en las cuales la capacidad de resistencia y respuesta de los sectores subalternos serán puestas a prueba.  En este registro, hay muchísimo camino por andar, y no pocas situaciones pueden resultar clarificadoras y ejemplificadoras en el tortuoso camino de la conquista de la autonomía y la independencia políticas. Pilares ineludibles para plantearse siquiera un proyecto de intervención política que apunte a la transformación radical en sentido socialista.

Arrancaron bien en los primeros rounds; van ganando por puntos. La nuestra es apostar a que ganemos por knock-out. La historia continúa brindándonos lecciones.

 

[1] “Tesis e Informe sobre la Democracia Burguesa y la Dictadura del Proletariado” V. I Lenin (1919).

[2] Cabe destacar el enorme peso que ostentan las iglesias evangélicas tanto en la sociedad civil brasileña como entre las formaciones político-partidarias. Sin ir más lejos, realizaron extraordinarios aportes en el pasado al encumbramiento de Lula como presidente en su primer mandato, garantizando el voto de los sectores más postergados de la sociedad brasileña. Lógicamente, nunca arriaron sus banderas reaccionarias. Con las diferencias del caso, encontramos en el elenco de intendentes que consagrara el PRO-Cambiemos de Macri en el ámbito de la provincia de Buenos Aires no pocos exponentes de las sectas evangélicas. Un elemento fundamental a tener en cuenta cuando mensuramos el encumbramiento de Bergoglio como Sumo Pontífice.

[3] Peronismo argentino; Varguismo brasileño; Cardenismo mexicano y otras experiencias de menor envergadura como el Perú de Velasco Alvarado.

[4] Cabe señalar que en este punto, el caso venezolano exhibe características que le son muy peculiares, por cuanto el chavismo en tanto proyecto político nace y se vertebra, en primer término, en el seno de las fuerzas armadas. No es el objeto de esta nota, pero es interesante indagar en las tradiciones ideológico-políticas que otorgan las bases de sustento del imaginario chavista, así como el origen de clase y la adscripción ideológica de los suboficiales y subordinados, notoriamente distinta a las tradiciones militares de Brasil y Argentina, emparentadas con cierto patriciado en lenta pero inexorable descomposición.

[5] Nuevamente, es dable señalar que el caso venezolano es muy particular en este sentido, por cuanto la industrialización de su economía dista muchísimo de lo que se observa en Argentina y Brasil.

[6] Al respecto no es necesario mucho más que leer las ocurrencias que Horacio Verbitsky nos regala de tanto en tanto en su columna dominical en Página/12; sobre todo cuando se le ocurre hablar de economía.

[8] Huelga señalar que en el contexto latinoamericano, la seguidilla de regímenes dictatoriales originados en las décadas del 60 y 70 tuvieron como objetivo –y lo realizaron exitosamente- la destrucción de cualquier atisbo de capacidad organizativa y política de las clases subalternas.

[9] Si bien a partir de un marco teórico distinto del que aquí se propone, resultan interesantes algunas indagaciones que propone Diego Sztulwark, a modo exploratorio, en recientes intervenciones. Las preguntas que allí se formulan enriquecen el debate con respecto al devenir post-progresista y las subjetividades que este ha construido a su paso, sea que se comparta o no el diagnóstico propuesto y el balance general sobre la experiencia popular-progresista:

anarquiacoronada.blogspot.com.ar/2016/05/micropoliticas-neoliberales.html

[10] En general, estas reflexiones se encuentran compiladas en ESCRITOS LATINOAMERICANOS (compilación) – León Trotsky – 335 páginas – 1a. edición enero de 1999 / 2a. edición abril del 2000; CEIP León Trotsky. Buenos Aires, Argentina.

[11] Se prefiere el vocablo “clasismo” por considerarlo más inclusivo; conviven en él distintas variantes de las tendencias socializantes: populistas de izquierda, socialistas revolucionarios, anarquistas e incluso algún que otro vestigio autonomista.

[12] Nos referimos, respectivamente y en orden de llegada, a IS, PTS y PO. El caso venezolano cae por fuera del análisis en curso, otra vez. Sus características peculiares y los zafarranchos de comedia que ha protagonizado el trotskismo vernáculo con referencia a ese proceso en particular demandarían una investigación pormenorizada, lo cual excede el objeto de estas líneas.

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