El Genocidio Ustasha y el Genocidio Nazi Durante la Segunda Guerra Mundial: un estudio comparativo

Por DIEGO HERNANDO GÓMEZ (Sociólogo e historiador, integrante del CAEG

 

Ponencia presentada en la I Jornada Nacional de Estudios Eslavos. Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, 20 de agosto.

Introducción:

La figura de genocidio fue acuñada por Raphael Lemkim para ser aplicada al asesinato en masa dado a los judíos, pero también a los polacos y eslavos orientales, durante la Segunda Guerra Mundial (SGM) por parte del régimen nazi y sus aliados. Según el jurista judío-polaco, exiliado en Estados Unidos a partir de 1939, no era solo una política de asesinato masivo sino un plan de reestructuración, a largo plazo, de las comunidades nacionales: una “arianización” de Europa Continental. Consideraba que se trataba de un crimen nuevo e incomparable pues no solo se planteaba la destrucción física sino la cultura, el lenguaje, los sentimientos nacionales y la religión. Sin embargo, Hugo Vezzetti en su trabajo Pasado y Presente: guerra, dictadura y sociedad en la Argentina (2009: 29) sostiene que el término se ha ampliado y generalizado en tanto que comenzaron a incluirse genocidios domésticos (destrucción de un grupo dentro de un país) y  masacres y matanzas de naturaleza muy diferente, como el genocidio armenio, la Shoa, el caso de Ruanda, el conflicto de Kosovo, el terror estalinista, la matanza llevada adelante por los Jeremes Rojos en Camboya, entre otros, pero se discuten los bombardeos aliados durante el final de la Segunda Guerra Mundial en las ciudades alemanas y Tokio, el lanzamiento de bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, la esclavitud en los EEUU, las masacres en Haiti y las sanciones en Irak, solo para nombrar algunos casos. Para Vezzetti, la calificación de genocidio como juicio histórico depende de la posición y la filiación de quien lo enuncia, porque se denuncian como genocidios los sufridos y se niegan los realizados.

Ante esta situación de relatividad, para considerar que es y que no es genocidio, Henry R. Huttenbach (2002: 168) intenta formular una definición certera que implique ciertos marcos de objetividad a la hora de analizar la realidad. Considera que la categoría de exterminio puede incluirse dentro de la de genocidio pero que un genocidio es mucho más que eso pues no solo se exterminan seres humanos sino que también se destruye el legado de un pueblo, es decir su cultura. En ese sentido, sostiene que el culturicidio no debería ser excluido de la definición que otorga al genocidio su singularidad. Luego de considerar que los conceptos de exterminio, erradicación y aniquilación no poseen la magnitud necesaria para definir, opta por utilizar el término anulación pues para él, el genocidio es un acto de absoluta y radical eliminación de todos los aspectos de la existencia; tan radical que, al menos en teoría o intención, no quedará ni un solo rastro de evidencia de que se haya perpetrado, como si el grupo nunca hubiera existido.

Hacia fines de los años 80 y comienzo de los 90 del siglo pasado, un conjunto de autores provenientes de las ciencias sociales propusieron un estudio sistemático de los procesos genocidas. Bautizado como genocide studies en Europa y los Estados Unidos, se fue apartando de la definición clásica de la Convención de las Naciones Unidas, objetándole, como impugnación central, la omisión de los grupos políticos:

La mayor omisión (de la Convención) se encuentra en la exclusión de los grupos políticos de la lista de grupos protegidos. En el mundo contemporáneo, las diferencias políticas resultan, como mínimo, tan significativas para desarrollar una masacre o aniquilamiento como las raciales, nacionales, étnicas o religiosas. Más aún, los genocidios contra grupos raciales, nacionales, étnicos o religiosos son generalmente una consecuencia de, o están íntimamente conectados al, conflicto político” (Kuper 1982: 39).

Entre las características distintivas de estos nuevos enfoques se puede decir que: 1) todo aniquilamiento sistemático de masas de población por sus características como grupo constituye un genocidio, 2) la intención de los perpetradores debe ser la destrucción sistemática de todo el grupo y no solo de una parte, 3) las víctimas deben estar en un situación de indefensión con respecto al perpetrador y 4) se incluye la variable política. Aquí las víctimas son definidas por su confrontación política para con el régimen.

El presente trabajo toma dos casos históricos que fueron contemporáneos; se trata del  holocausto nazi y del genocidio ustasha. Se intentará, por medio de un estudio comparativo, establecer similitudes y diferencias entre ambos fenómenos sin tener como fin la problematización de la definición jurídica o teórica del término genocidio sino sobre el tratamiento que la historia y las ciencias sociales le han dado a estos dos fenómenos, pero también sobre  la utilización política que han tenido por parte  de los Estados y otras organizaciones políticas. Para dicho fin la categoría prácticas sociales genocidas es más adecuada que la definición jurídica de genocidio pues permite ver que detrás del accionar genocida viene una transformación y reorganización radical de las relaciones sociales (Feierstein 2007: 32); es decir el genocidio como medio para cambiar la naturaleza social, política, económica y cultural de un Estado o conjunto de Estados. Tanto el régimen liderado por Ante Pavelic como el conducido por Adolf Hitler se plantearon objetivos maximalistas que por su radicalidad, descontando el caso del genocidio armenio a manos de Turquía, no tenían antecedentes en la Europa moderna.

El Genocidio Nazi:

Con la llegada del nazismo al poder comenzó a llevarse adelante un accionar represivo y concentracionario que precedió a los campos de exterminio. Robert Gelatelly (2002:78) realiza una cronología antes de que comience a hacerse efectivo el genocidio sosteniendo que entre 1933 y 1934 el núcleo de la represión alcanzó a los miembros del Partido Comunista Alemán y otros militantes de izquierda (100.000 reclusos pasaron por los campos de concentración, muriendo cerca de 600); a partir de 1936 el sujeto social estigmatizado fueron los considerados asociales, se persiguió a los homosexuales, a los abortistas, a los considerados liberales sexuales, drogadictos y a todo aquel que fuera observado culpable del delito de opinión, es decir todo el que opinara en contra del régimen; en 1938 se produjo un cambio radical optándose por una política racial discriminatoria en donde los judíos y gitanos, pero también los eslavos eran perseguidos. Luego, comenzada la guerra, pero sobre todo a partir de los reveses sufridos en el frente oriental, contra el ejército rojo y los partisanos soviéticos, el nazismo comenzó a aplicar solución final.

Hitler en un acto nazi en Buckeberg, 1934. La alianza con la gran burguesía alemana fue una constante hasta los últimos días.

El genocidio nazi ha sido diferencialmente interpretado por los estudios históricos, políticos, sociológicos, etc. Se podría decir que en los polos se encuentran las explicaciones que conceptualizan al fenómeno como algo único e irrepetible, pero además desligado de la modernidad occidental, por un lado, y como un proceso histórico absolutamente anclado dentro de los límites de occidente, por el otro. Los trabajos que han intentado demonizar al pueblo alemán han servido como intento de alejar la barbarie del nazismo de la matriz civilizatoria moderna. Entonces el genocidio resultaría fundamentalmente alemán enfrentado a lo moderno; es decir, una patología que solo puede ser explicada a partir de las características de ese cuerpo enfermo. Feierstein realiza una interesante reflexión sobre esta modalidad de interpretación:

Sí se trata de un hecho patológico, anclado en un hecho, anclado en un momento peculiar del tiempo y del espacio, el recuerdo es apenas una obligación para con los muertos. Nada de nuestro presente, nada de nuestro aquí y ahora aparece cuestionado por la posibilidad genocida… Se trata de víctimas dignas de compasión abstracta, perpetradores que merecen un odio y extrañeza también abstractos” (2007:148).

La patologización del genocidio, ya sea el nazi o el ustasha, permitiría dejar a salvo las características fundamentales de la cultura occidental moderna, pues sí no fuera una mera enfermedad pasajera habría que cuestionar las bases identitarias más profundas.

En el polo antagónico de la patologización del genocidio, tempranamente Theodor Adorno, Max Horkheirmer, Franz Neumann y Walter Benjamin, entre otros, habían señalado la relación entre el nazismo y la modernidad, pero fueron los trabajos de Raul Hilberg (1961: 48) y Hannah Arendt (1999: 36) los que reflexionaron más detalladamente sobre la cuestión. El primero repara en el rol jugado por la maquinaria burocrática en el proceso de destrucción de las comunidades judías, y la segunda destaca la existencia de humanidad en los perpetradores y el potencial genocida que anida en los miembros normales de las sociedades civilizadas occidentales. Más adelante, autores como Zygmunt Bauman (1997:89) y Enzo Traverso (2001: 64) trataron de responder a la pregunta acerca del porqué a partir de la construcción de una genealogía europea del nazismo y su inserción en la lógica de conformación de los Estados nación modernos. Para Traverso el nazismo se explica a partir de un continuo temporal que se inicia con el genocidio colonialista; según el historiador italiano, los alemanes no habían hecho más que realizar, en la Unión Soviética, Polonia, Yugoslavia, etc,  prácticas que tenían su raíz en el accionar que Francia y el Reino Unido habían tenido en África y Asia durante el siglo XIX y principios del XX. Pero también, la Conquista del Oeste en los Estados Unidos de América o la Conquista del Desierto en la Argentina pueden ser caracterizadas como genocidios de occidente sobre un otro.

Sin embargo, la vinculación del nazismo con la modernidad fue desestimada por numerosos trabajos al proponerse el concepto de totalitarismo, alejado de Hannah Arendt, como variable de interpretación central del genocidio nazi. Según Slavoj Zizek (2002: 85) esto funcionaría como una suerte de antioxidante ideológico destinado a inhibir los intentos por reconstruir las prácticas sociales genocidas en conexión con la occidentalidad moderna. Además, la interpretación del genocidio como un totalitarismo (a partir de la guerra fría) comenzó a ser, cada vez más, una  característica eslava y asiática y, cada vez menos alemana y occidental. Alemania Federal comenzó a ser parte del mundo liberado y liderado por la democracia liberal norteamericana y el genocidio nazi una excepción, una enfermedad curada por la vacuna estadounidense.

Hannah Arendt le otorgó un rostro “humano” al nazismo

Una interpretación novedosa es la aportada por Arno Mayer (1989) quien ve en el  fenómeno del genocidio nazi la yuxtaposición de experiencias que estuvieron presentes en el desarrollo de la modernidad occidental: 1) las cruzadas ideológicas y 2) la guerra total. La cruzada del nazismo la ubica en su lucha contra el internacionalismo proletario, contra el bolchevismo, a quien le declara una guerra total. Arno destaca que solo hacia el este los nazis llevaron adelante una guerra de aniquilamiento, hacia el oeste se trató, más bien, de una conquista militar acercada a los parámetros clásicos. Y la figura del judío fue la figura del judío bolchevique que ponía en jaque los valores occidentales al producirse un sincretismo porque el judío era judío bolchevique aunque sea conservador, liberal, anticomunista, etc. Sostiene que el aniquilamiento de los judíos se radicalizó una vez que comenzó a fracasar la Operación Barbarroja en la Unión Soviética, y destaca la defensa del sistema capitalista que realiza el régimen nazi al resaltar el apoyo que obtuvo por parte de la elites alemanas y el silencio de las europeas cuando se decidió perseguir a los comunistas.

Ian Kershaw en su libro La Dictadura Nazi: problemas y perspectivas de intepretación (2004: 127) complementa la visión de Mayer, aunque matizada, pues sostiene que si bien hubo una confluencia de intereses entre el gobierno de Hitler y el gran capital alemán apunta a ver la existencia de un pacto no escrito entre diferentes pero interdependientes bloques (el Partido Nacionalsocialista, los grandes intereses económicos y el ejército alemán) que formaron el Cartel del Poder que sostuvo al gobierno de Hitler. La explicación del genocidio nazi tiene que ver, para el autor de Hitler, los alemanes y la solución final con las características que fue tomando la guerra de conquista, la guerra de saqueo, en donde la solución final, sí bien diseñada por el bloque nazi, tanto el ejército como los grandes capitales no se opusieron y colaboraron.

Otra interpretación singular acerca del porqué del aniquilamiento y anulación del pueblo judío es la propuesta por Zygmunt Bauman (1997:24), quien considera que el pueblo judío va quedando en un no lugar, sin un Estado y diseminado por toda Europa en un contexto en donde el Estado-nación es la norma y no la excepción, en un momento en donde la ciudadanía política tiende cada vez más a coincidir con la nacionalidad. Los judíos como los gitanos van a ser la excepción europea a la regla: nación sin Estado y por ello, dice Bauman, serán fáciles chivos expiatorios de problemas de los cuales no tenían responsabilidad.

Segunda Parte: El Genocidio Ustasha

El genocidio ustasha no ha tenido en la historiografía y en los estudios especializados sobre genocidio una relevancia importante a pesar de tener características distintivas y significativas en relación a sus variables objetivas y subjetivas. Enmarcado en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, pero iniciado a mediados de 1941, cuando Hitler había lanzado la Operación Barbarrosa contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), las tremendas e innovadoras prácticas sociales genocidas llevadas adelante por el régimen de Ante Pavelic han sido poco investigadas. Una explicación posible podría tener en cuenta las características políticas e ideológicas del inmediato mundo de postguerra en la naciente República Federativa Socialista de Yugoslavia, en serbo-croata  Socijalistička Federativna Republika Jugoslavija (SFRJ) y más adelante la desintegración del régimen socialista yugoslavo en particular y, la desaparición y perdida de legitimidad del socialismo real en Europa Central y Oriental, en general. Pero la carencia de producción académica y la utilización política del genocidio ustasha serán tratadas más adelante, antes es necesario describir el contexto y las características del fenómeno.

En un escenario de tensión nacionalista es que comenzó la Segunda Guerra Mundial. Tanto el reino de Yugoslavia, hegemonizado por la gran burguesía serbia, como las principales agrupaciones políticas croatas habían mantenido relaciones con el fascismo italiano y el nazismo alemán previo a la guerra. El movimiento ustasha realizó prácticas en campos de entrenamiento militares en Italia y Hungría, mientras que la monarquía estableció cercanas relaciones con Hitler que llegaron hasta la firma de adhesión al Pacto Tripartido a fines de marzo de 1941. El levantamiento popular en contra de la firma del Pacto hizo que el nazi-fascismo decidiera invadir el reino de Yugoslavia a principios de abril de 1941. En menos de dos semanas cayó la escaza resistencia de las tropas monárquicas y el reino fue desmembrado; en Croacia y Bosnia-Herzegovina Hitler promovió la instalación del Estado Independiente de Croacia, en serbo-croata Nezavisna Država Hrvatska (NHD),  a manos del movimiento ustasha.

Sí bien el genocidio ustasha estuvo enfocado en la nacionalidad serbia, también los gitanos, judíos, pero sobre todo los antifascistas (de cualquier pueblo o nacionalidad, incluso croatas) en general fueron las víctimas. El objetivo final era la creación de un Estado radicalmente nuevo, que poco tuviera que ver con su antecesor; a la multinacionalidad típica de los Balcanes en general y, del reino de Yugoslavia en particular, los ustashas pretendieron imponer la delimitación de un orden político alejado de lo múltiple y signado por una nación absolutamente hegemónica. Sin embargo, no se trató de un Estado-nación croata a secas, el proyecto político tuvo que ver con variables ideológicas, políticas, religiosas, sociales y culturales que intentaron ser aplicadas con marcada imposición y fuerte rigidez.

El discurso ustasha consideraba que la civilización europea occidental se terminaba allí en donde comenzaba la civilización oriental, allí en donde siglos atrás se producía el cisma, la separación de la iglesia cristiana en dos unidades políticas diferenciadas; Bizancio de un lado y Roma del otro. El rio Drina, que partía al medio al reino de Yugoslavia, era la frontera entre el este y el oeste. De un lado la nación serbia, oriental y cristiana ortodoxa, y del otro la croata, occidental y cristiana católica. Para el movimiento liderado por Ante Pavelic, el experimento monárquico yugoslavo no había respetado las diferencias culturales, políticas y religiosas, entre oriente y occidente consideradas insalvables.

Ante Pavelic, líder del Estado ustasha

A diferencia del nazismo, el discurso ustasha, que intentó legitimar las prácticas sociales genocidas, no estaba sustentado en una superioridad racial sino que tuvo que ver con las siguientes variables: la religión cristiana católica y la civilización occidental. Y si bien tanto el pueblo judío como el gitano fueron discriminados, perseguidos y asesinados, fueron los serbios y los luchadores antifascistas (de cualquier nacionalidad) que vivían en Croacia y Bosnia-Herzegovina el medio principal por el cual se llevó adelante el genocidio, pues encarnaban lo contrario de los valores occidentales y cristiano católicos del gobierno de Ante Pavelic.

La marcada xenofobia antiserbia, el radical cristianismo católico y un total anti-bolchevismo fueron los fundamentos políticos, religiosos e ideológicos a partir de los cuales se sustentaron las prácticas sociales genocidas con el fin de  destruir, en un principio, y reorganizar, luego, las relaciones sociales del reino de Yugoslavia. En ese sentido, la coyuntura favorable de la Segunda Guerra Mundial posibilitaba la liquidación la dinastía Karadjordjevic y el surgimiento de un Estado alejado de la hegemonía de las clases dominantes serbias.

Los campos de exterminio que funcionaron en el NHD se distinguieron absolutamente de los que se encontraban en Alemania o en los territorios dominados por los alemanes, pues lejos estuvieron de ser una maquinaria industrial destinada a la aniquilación de personas. Cuando llegaban los presos, los comandos encargados seleccionaban a aquellos más aptos para trabajar, y quienes eran considerados inadecuados, para convertirse en mano de obra esclava, eran conducidos a las orillas del río Sava donde eran exterminados. La crueldad de los asesinatos cometidos fue enorme, los métodos eran salvajes en extremo; aparte de la utilización del srbosjec (en serbo-croata, cuchillo mata serbios), se realizaron grandes hogueras donde los prisioneros fueron quemados vivos, también se los arrojaba en piletas de cal viva, se les golpeaba en la cabeza con un enorme y pesado martillo hasta la muerte o se los tiraba al río Sava para que muriesen ahogados. Respecto a las mujeres, fueron habituales las violaciones antes de ser ejecutadas. También los niños y los ancianos eran víctimas en los campos de exterminio. En Jasenovac se instaló una cámara de gas donde numerosos prisioneros fueron asesinados con dióxido de azufre y Zykon B, pero este método terminó por abandonarse por la deficiente construcción.

Viktor Novak, autor del libro Magnun Crimen, que describe la estrecha relación de la iglesia católica con el genocidio ustasha.

3) Comparación:

Siguiendo la línea de pensamiento de Ernest Mandel en su libro “El Significado de la Segunda Guerra Mundial” (2015: 46) se sostiene que las semillas del holocausto nazi, como del genocidio ustasha no deben buscarse en el antisemitismo tradicional feudal y pequeñoburgués húngaro, polaco, ucraniano, báltico y ruso o en  una “cruzada cristiana” medieval de la iglesia católica croata, sino que el embrión de la cámara de gas, y los campos de exterminio en Yugoslavia comenzó a desarrollarse con la esclavitud masiva y el asesinato de negros a través del comercio de esclavos africanos, y con la exterminación de indígenas en América luego de la llegada de los conquistadores europeos. El racismo, en su forma extrema, ha estado vinculado al colonialismo e imperialismo institucionalizados y la negación del derecho más elemental, el derecho a la vida, se ha desarrollado por medio de una absoluta racionalización:

Es imposible para los seres humanos pensantes (y los colonialistas, imperialistas y defensores de un orden específico son seres humanos pensantes) negar a millones de hombres, mujeres y niños los más elementales derechos humanos sin intentar racionalizar y justificar estas indignidades y opresiones mediante un sofisma ideológico específico: el de su inferioridad racial o étnica o intelectual/moral, o una combinación de estas, es decir un intento por deshumanizarlos ideológicamente”(2015:85).

La singularidad del genocidio nazi tuvo que ver con el avance de sus prácticas sociales genocidas de un marco a escala nacional (Alemania) a uno continental (Europa), intentando modificar radicalmente la estructura política imperante. Y si bien es cierto que en agosto de 1939 se produjo el Pacto Molotov-Ribbentrop, que mantuvo latente el enfrentamiento con la Unión Soviética y permitió la conquista de casi toda Europa, el verdadero objetivo del nazismo estaba fijado hacia el este del continente, en donde además de haber incontables recursos naturales e inmensa fuerza de trabajo se había consolidado una ideología estatal (aunque burocratizada y alejada de sus puntales de origen) opuesta radicalmente los fundamentos del nazi-fascismo.

Ahora bien, el genocidio nazi, a diferencia del genocidio ustasha u otros ha tenido un tratamiento diferencial dentro de la academia y política occidental. Un explicación posible puede tener que ver con quienes fueron las víctimas y los victimarios. La principal víctima del genocidio nazi, al menos en términos numéricos, fue el pueblo soviético. Sin embargo tanto los estudios académicos como el relato político, hegemónico en occidente, hacen énfasis en el pueblo judío dejando a los soviéticos a un lado. Esto podría explicarse por lo siguiente: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), sí bien aliada coyuntural durante la SGM, rápidamente pasó a convertirse en principal enemigo ideológico. En el marco de la Guerra Fría, el combate contra el antagónico soviético abarcó un gran número de aspectos. Otorgarle a la URSS un papel relevante y definitorio en el triunfo de los aliados contra el nazi-fascismo implicaba des-demonizar al totalitarismo rojo, por un lado, y hacer evidente que el gran gasto, en término de pérdidas humanas, fue realizado por el Ejército Rojo y los partisanos soviéticos, por el otro. Sí se daba cuenta del genocidio nazi sobre la URSS se tenía que aceptar el valor y el esfuerzo de un pueblo, una sociedad y un Estado que habían sido, a partir de la Guerra Fría, demonizados política, cultural y económicamente.

Complementariamente se fue construyendo la concepción de que el genocidio nazi era igual a holocausto judío. De esta manera, negando a otros pueblos que fueron víctimas, como los gitanos, polacos, yugoslavos, etc se fue generando la idea de que la masacre del nazismo fue realizada, mayormente, sobre un determinado pueblo por un régimen en estado de locura y en un periodo histórico excepcional. El ensañamiento sobre los judíos, la búsqueda desenfrenada por aniquilarlos, la barbarie jamás vista no podría ser parte de la razón iluminista y menos aún de la libertad, igualdad y fraternidad de la revolución francesa. Entonces, derrotado el nazismo y ocultado el aporte soviético, para dicho suceso, el mundo occidental capitalista podía considerar  curada la ahistórica y anormal patología. En definitiva, cuanto más bárbaro y menos civilizado, cuanto más desquiciado y menos racional, cuanto más excepcional y menos normal fuera presentado, más fácil era correrlo de occidente y tomarlo como una anomalía de la modernidad capitalista.

Soldados soviéticos antes de morir. Los nazis no tomaban prisioneros en el frente oriental.

 

El genocidio ustasha estuvo limitado al NHD y motivado por los intereses del nacionalismo de derecha croata tuvo como medio, para conseguir su objetivo, la anulación de la nacionalidad serbia. Sin embargo, conforme fueron desarrollándose las hostilidades, que incluían la guerra civil con los partisanos comunistas, el genocidio iba a alcanzar a también a cualquier antifascista yugoslavo. Los objetivos de transformación radical del movimiento liderado por Ante Pavelic estaban radicalmente enfrentados a la ideología comunista y multinacional partisana. Por lo tanto era absolutamente necesario anular cualquier atisbo de unión de los pueblos yugoslavos, por un lado, y derrotar cualquier intento de transformación ideológica comunista, por el otro. El verdadero temor de clase de la burguesía y la iglesia católica era que triunfara una fuerza multinacional con una ideología anticapitalista que hiciera imposible el dominio de la clase poseedora croata.

La Convención  de las Naciones Unidas no tomaba en cuenta la variable política para definir un genocidio, más adelante se halló el carácter humano y occidental, luego distintos trabajos intentaron caracterizarlo como un medio para conseguir un determinado resultado y no como un fin en sí mismo. Pero sí bien la sustancia humana y occidental en combinación con la variable política es hoy en día la norma para ubicar al genocidio como un medio de radical transformación de las relaciones sociales, el carácter de clase sigue estando oculto y difuso en las investigaciones académicas y el tratamiento político. Este trabajo pretende ubicar a los genocidios nazis y ustasha como medios, como una instrumentalización (en un contexto ideológico-militar absolutamente singular) para sostener y consolidar el régimen capitalista de producción y no, tan solo, como una transformación radical de las relaciones sociales dentro del mismo.

 

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